Homilía: El que pone la mano en el arado y miar atrás no sirve para el Reino PDF Imprimir
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mons.stanispascua.jpgIglesia Viva 28.6.10.- Nos reunimos en la Catedral, convocados como cada domingo para alimentarnos con la Palabra de Dios, esa palabra que encontramos en las lecturas y en el evangelio. Sabemos todos que la Buena Noticia es la fuente de una vida nueva, esa vida que nos ayuda a encontrar las soluciones y respuestas para nuestras inquietudes, preocupaciones, para fortalecer nuestro caminar de creyentes como discípulos y misioneros.


El domingo anterior hemos escuchado a Jesús preguntando a los suyos: “Quién dice la gente que soy yo”? se escuchaban variedad de respuestas, y después les pregunta: “¿y ustedes, quién dicen que soy Yo”? Pedro responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. La respuesta de Pedro es correcta, pero Jesús no quiere escuchar las respuestas verbales, sino hechos concretos.

 

Este domingo la palabra del Señor nos llama al seguimiento de Jesús:

 

Se empieza una nueva etapa en la vida del Maestro: Camino hacia Jerusalén, en el que experimentará el sufrimiento, pasión, muerte, resurrección y ascensión.

 

´Durante la caminata Jesús preparaba a sus elegidos para el futuro, para lo que vendría después de su partida al cielo: Ser testigos de su resurrección y del evangelio a todos los pueblos.

 

Al igual que su ministerio en Galilea comenzó con el rechazo de sus paisanos, la historia del camino a Jerusalén comienza también con el rechazo de los samaritanos que permanentemente vivían en un conflicto con los judíos, éstos decías que ellos no eran dignos de Dios. Ante estas humillaciones vemos cómo Jesús se niega a tomar medidas como venganza o castigos con aquellos que se oponen a escucharlo. Les da una oportunidad más, si no escuchan ahora, puede ser que escucharán más adelante, porque la Palabra de Dios está destinada para todos los pueblos.

 

Cristo no hace distinción entre los que pueden salvarse y otros que no, aunque algunos de sus discípulos sí lo hicieron.

 

En adelante, Lucas en su evangelio nos habla de un encuentro con tres personas. No menciona sus nombres ni lugares por no ser importantes, lo que vale son las posturas asumidas por dichas personas.

 

A Cristo no se le puede seguir poniendo primero condiciones

 

Primero expresa su deseo de acompañar a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”, aquí no significa el lugar geográfico, sino lo que le responde Jesús: Compartirás el destino conmigo para ser rechazado, sufrir, morir y después resucitar.

 

Otros dos dispuestos a seguirle, pero empiezan a poner condiciones a su seguimiento.

 

Jesús llama a seguirle, pm ero seguir a Cristo implica la vida entera, no sólo algunos momentos o algunas horas de nuestra existencia. El seguimiento a Cristo sólo puede ser incondicional. Poner condiciones es decir NO! Ems ya dejar de seguirle. Cristo lo ha dado todo y lo pide todo. Esto es lo que significa ser  cristiano: Un seguimiento incondicional.

 

El evangelio de hoy, para los que quieren imitar o seguir a Cristo propone altas exigencias: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”; “El que mira hacia atrás no sirve para el reino de Dios”. Estas palabras desalientan para seguir a Cristo. En otros lugares dice: “Si alguien quiere seguirme que cargue su cruz” o con el joven rico: “vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres y después, sígueme”.

 

Si este radicalismo evangélico es necesario, es aceptable y justificado. Si de verdad Cristo puede poner estas exigencias la respuesta es sí, puede poner y pone las exigencias, porque no se puede servir a dos señores, no se puede fingir que uno es discípulo de Jesús, que uno es católico, pero sus actitudes, palabras, hechos, dicen lo contrario; no hay dos tipos de católicos, pero hay uno que opta por lo que viene de Dios.

 

Cristo comprende la debilidad humana y las fallas, pero no acepta la mediocridad, egoísmo, falta de testimonio y compromiso. Los apóstoles también fueron pecadores y débiles: San Pedro negó a Cristo, San Pablo persiguió a la Iglesia… Pero no fueron mediocres, se dieron del todo, gastaron su vida por El sin reservarse nada. El que no entiende en absoluto esto, será incapaz de seguir a Cristo, porque El que quiere ser el dueño absoluto de nuestra vida. El que se escandaliza porque Cristo pide la renuncia, incluso a cosas buenas, es que no ha entendido nada del evangelio.

 

Ser cristiano, ser católico no equivale a ser honrado o no hacer el mal, eso lo procuran hacer también los no creyentes o ateos, sino estar dispuesto a renunciar y hacer el sacrificio por Cristo, empezando por renunciar a su propio egoísmo, comodidades, placeres del mundo.

 

¿Cómo es mi camino? ¿cómo acompaño a Cristo?

 

¿Tengo la tentación de mirar atrás y ver el pasado? ¿Buscar los momentos para que me rindan cuenta o buscar la revancha? O ¿estoy dispuesta a aceptar la invitación de Cristo y dejar “que los muertos entierren a sus muertos”?

 

Creer en Dios y seguir a Jesús supone ser personas libres, romper el yugo del pasado, de todo lo que no nos permite estar en libertad para emprender el camino como discípulos de Jesús.

 

En este sentido, es significativo el gesto de Eliseo en la primera lectura que rompe el yugo y deja todo, familia, trabajo y relaciones sociales para asumir la misión profética.

 

Jesús, en la misma línea, pone exigencias radicales a los que lo quieren seguir y a los que El llama a ser discípulos disponibles a dejarlo todo por el Reino. Es el máximo grado de libertad porque no nos somete a nadie ni a nada, sólo a El.

 

 La ley máxima del que quiere seguir a Cristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”

 

Someternos a El es hacernos servidores los unos de los otros por amor, en esto se resume la ley: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. San Agustín lo expresa con esas conocidas y hermosas palabras: “Ama et fac quod vis”. Ama y haz lo que quieras”… La verdadera libertad del amor. Ojalá que nuestra libertad siempre construya y no destruya.

 

Queridos hermanos: El reino de Dios pertenece a la gente que vive en libertad, la gente que no cambia su fe por la comodidad, por las cosas materiales, sino que hacen lo que quieren hacer porque saben y sienten que Cristo es su espera de ellos y solamente El los puede sacar de alguna esclavitud, que la encontramos en nosotros mismos. Soy libre y al mismo tiempo liberado del pasado por asumir la invitación: Tú, ve a anunciar el reino de Dios. Si alguien quiere cambiar el mundo, primero que empiece a cambiarse a sí mismo, si no lo hace destruye lo que está a su alrededor y a sí mismo. Vale la pena, hermanos, al inicio de la eucaristía abrirse al Espíritu Santo y pedirle con el corazón abierto: “habla, Señor, que tu siervo escucha”. AMEN!
 

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